El territorio siempre habla primero.
Antes de comprenderlo, uno aprende a reconocer sus señales: la dirección del viento, la forma de las nubes, la llegada de la lluvia, el comportamiento de las aves, los cambios de color del agua, la calma y la amenaza.
Estas fotografías fueron realizadas durante mis primeros años de convivencia con el Caribe mexicano.
No constituyen un registro del paisaje, sino el rastro de una observación prolongada.
Con el tiempo comprendí que conocer un lugar consiste en aprender a leer aquello que se repite, aquello que cambia y aquello que permanece.